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lunes, 6 de junio de 2011

Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante


En esto de la música de vez en cuando se producen encuentros especiales que, una vez terminados, pasan para no volver a repetirse más convirtiéndose en hitos que se siguen recordando con el paso de los años. Uno de esos momentos, que en su día tuvo mucha repercusión y ahora apenas se recuerda, es el que se produjo entre Kiko Veneno y Santiago Auserón del que surgió el soberbio “Echate un cantecito” y una pequeña gira por teatros (apenas fueron 14 conciertos en 11 ciudades distintas).

Hablar ahora de Kiko Veneno es hacerlo de una de las grandes figuras de nuestra historia musical (aunque solo sea por la copaternidad, junto a Raimundo y Rafael Amador, de Veneno para muchos el mejor disco grabado en este país), pero a principios de los 90, tras una fructífera década anterior, su estrella se había apagado casi por completo. Se ganaba la vida como buenamente podía en Sevilla, montando bares, vendiendo en el rastro, trapicheando, cantando donde le dejaban..., hasta que una noche se encontró con Santiago Auserón. Ambos se conocían desde la época del Música moderna de Radio Futura y siempre habían tenido una buena relación, así que al verlo en esa situación este le animó a que “dejara de buscar y empezara a encontrar”.

Durante los dos años siguientes Santiago le tuteló asesorándole con las letras, haciéndole propuestas, consiguiéndole discográfica y sugiriéndole al productor Jo Dworniak, al que conocía por haberse encargado de esa tarea en La canción de Juan Perro. A pesar de sus dudas (no concebía como iba a entender su disco alguien que nunca había escuchado una guitarra flamenca) Kiko aceptó y, paradójicamente, fue en Londres donde finalmente logró plasmar todos esos sonidos que había estado buscando durante años. Desde el primer momento Auserón se dio cuenta de que el disco era realmente bueno y, como sabía que la discográfica al margen de los gastos de la grabación no pensaba gastarse un duro en su promoción (no dejaba de ser una vieja gloria que venia recomendada), pensó que había que hacer algo para darle la difusión que merecía.

Corría septiembre de 1992 y Radio Futura había anunciado unos meses antes su separación. Santiago vivía apartado del mundanal ruido en un pueblecito de Mallorca e invitó a Kiko para asistir a una fiesta contracultural que se iba a organizar con motivo de los actos del 92. Asistieron músicos de todo tipo que acabaron juntos y revueltos cantado en una plaza de Deyá temas de Kiko y Santiago, folclore mallorquín y boleros, en una fiesta prácticamente improvisada. La cosa fue tan bien que decidieron hacer una gira conjunta en la que uno presentaría su nuevo disco y el otro su nuevo proyecto musical en el que se transformaría en Juan Perro.

En apenas unos meses dieron forma a la aventura y el 24 de febrero de 1993 en el Teatro Albéniz de Madrid echaba a andar el espectáculo Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante. Un precioso cartel diseñado por Max y el curriculum de los dos protagonistas era un reclamo más que suficiente para que la gira fuese un éxito, pero eso había que refrendarlo sobre las tablas con lo que la elección de los músicos que los arropasen en el escenario sería determinante. Para la ocasión se hicieron acompañar por Raimundo Amador y Edu Nascimento en las guitarras, Luis Auserón en el bajo, Antonio Rodríguez (de Smash) con la batería y Rogelio Souza en la percusión, logrando reunir en una sola formación a las dos terceras partes de bandas tan míticas como Veneno y Radio Futura.

Ni que decir tiene que, a pesar de no hacer hecho apenas publicidad y gracias al boca-oreja, la mini gira resultó un rotundo éxito tanto en lo musical como en la respuesta del público y la crítica. En el repertorio se intercalaron temas de ambos en el que los de Kiko, al margen de un par de ellos de etapas anteriores y una versión en castellano del Stuck inside of mobile with the Memphis blues again de Bob Dylan, se centraron en Echate un cantecito, mientras que los de Juan Perro fueron una mezcla de las últimas canciones que grabó con Radio Futura, algunas antiguas que se habían desestimado para la banda y varias de las que acababa de componer y que irían en su primer disco en solitario (Raíces al viento – 1995).

Nada volvió a ser igual en sus vidas tras esta gira. Desde ese momento la carrera de Kiko dio un giro de 180 grados logrando, una vez más, el reconocimiento generalizado y empezar a vivir por fin de la música, mientras que para Auserón fue el comienzo de una nueva etapa en la que empezaría a disfrutar de la música lejos de las grandes masas y las exigencias de un contrato. Ambos no han dudado en romper con la industria por no estar de acuerdo con las reglas de juego que esta impone y, en lugar de acomodarse como sus colegas de generación y culpar a internet de todos sus males, han sido capaces de mirar más allá y convertirse en pioneros en la búsqueda de medios alternativos para vender su música (que además ellos mismos se editan).

Texto publicado en la revista Culturamas

viernes, 4 de diciembre de 2009

El veneno de la risa

Por primera vez desde que empecé con esta sección sobre discos que sufrieron algún tipo de censura en España voy a hablar de uno hecho aquí. Se trata además del álbum que casi unánimemente está considerado por la crítica como el mejor y más influyente de los grabados en territorio patrio y no es otro que “Veneno” de Veneno.

A principios de los 70 Kiko Veneno se encontraba viajando por Estados Unidos donde, además de empaparse de la música americana y asistir a conciertos de gente como Franz Zappa o Bob Dylan, descubrió en Los Angeles gracias a un yankie el flamenco. A su vuelta en 1975 a Sevilla (había nacido en Figueras pero se crió entra Cádiz y la capital andaluza) conoció a los hermanos Rafael y Raimundo Amador formando con ellos el grupo Veneno con el que empezaron a trabajar en los en sonidos de los discos de blues y rock que Kiko había traído de su viaje pasándolos por los que los Amador habían mamado desde su niñez.

Pero aún le faltaba una pata a este banco, y esta apareció bajo el nombre de Ricardo Pachón que entendió perfectamente lo que el grupo quería y se decidió que se encargase de la producción (a la que no se había dedicado nunca). Esto que aparentemente es algo menor, normalmente suele ser una de las claves que llevan a un disco a la gloria o al fracaso. Por suerte para los Veneno Pachón no sólo conectó con lo que estaban haciendo si no que además supo llevarlo a cabo cosa que no suele ser habitual (la realidad es que los productores suelen intentar que los artistas se ajusten a su sonido en lugar de amoldarse ellos a las necesidades de su producido).

La grabación se hizo en Madrid tocando todos en directo, y lo más destacable es el trabajo en los arreglos de guitarra de Raimundo y Rafael con los que consiguen, partiendo del flamenco, llegar al blues, el funk e incluso el rock progresivo. El disco es impecable técnicamente (aunque el bajo apenas se escucha) y después de más de 30 años mantiene la misma frescura de “algo nuevo” sonando como si hubiese sido grabado ayer mismo. La intensidad de las sesiones y lo desastrosos conciertos con los que lo presentaron (desde el primero en Sevilla nada funcionó ya que llegaban tarde, Kiko se quedó sin voz en alguno de ellos, las guitarras solían estar desafinadas y para colmo en los últimos tocaron sin batería) acabaron llevando a la disolución de la banda aunque no a la colaboración entre ellos ya que esta se ha prolongado con mayor o menor intensidad a lo largo de todos estos años (los hermanos Amador fundaron Pata Negra y Kiko inicio una carrera en solitario).

El problema vino, como casi siempre suele ocurrir, en que la portada se alejaba bastante de lo políticamente correcto, y con la primera edición en la calle en el “Depósito Legal” les recomendaron que la cambiasen ya que se podía interpretar que estaban haciendo apología del consumo de hachís (aparecía una piedra con el nombre del grupo impreso sobre un papel de plata). La solución fue acercar la imagen para que simplemente se viese el nombre sobre un fondo marrón que, aunque todo el mundo sabía lo que era, no se veía.

El disco de entrada no funcionó, aunque a raíz de su aparición en la “serie media” sus ventas empezaron a crecer (nunca de forma salvaje pero si con un goteo constante) para llegar ahora a unas cifras que superan con creces las 300000 copias despachadas. Recientemente “Veneno” ha sido reeditado en vinilo respetando su portada original por “Muster Records” a través del sello “Vinilíssimo” y lo único que puedo decir es que si alguien no lo tiene está perdiendo el tiempo si no se acerca a una tienda y lo compra inmediatamente.

miércoles, 22 de julio de 2009

La niña rockera - XI


No estaba, ni mucho menos, en mis planes hablar más de una vez al mes de mi niña rockera, pero las circunstancias han hecho que, apenas tres días después de haberlo hecho, vuelva a colarse en estas líneas. Ayer cuando nos levantamos nada de lo que luego sucedió estaba previsto aunque al final, tras varias carambolas a lo largo del día (unas entradas cuyo dueño no iba a aprovechar, la imposibilidad de encontrar a nadie que se quedase con las niñas que hacia inviable ir con mi chica, un día de ERE que hacia que no tuviese que currar...), a las 21:15 de la noche me encontraba saliendo de casa en la bici con la niña rockera sentada en su sillita a mi espalda.

Hora y pico antes la había preguntado si se quería venir conmigo a un concierto y, aunque no respondió, el hecho de que saliese corriendo para contárselo a su madre con los ojos totalmente iluminados, me hizo saber que la hacia ilusión, por lo que tras cenar algo y coger unas chaquetas (hacía un poco de viento) nos pusimos en marcha. De camino por una larga arboleda que bordea el río, la fui contando que, aunque había estado en otros, por primera vez iba a ver a un artista con discos grabados y que además era uno de los más grandes. He de confesar que también la dije que me encantaba que su debut en la primera división fuese precisamente con él, pero o no lo entendió o pasó completamente de mi ya que su contestación fue “papi, a que huele muy bien por la noche”.

Y es que no lo he dicho, pero anoche la cita la teníamos con el maravilloso Kiko Veneno y, aunque ella no supiese quien era, en cuanto la dije que era el que había escrito “Volando voy” se puso a cantar su estribillo y así entró en el Museo de la Ciencia (en cuyo patio central se celebraba el espectáculo) con las entradas en la mano e ignorando una gracia del guardia de seguridad que allí estaba. Está mal que yo lo diga, pero cuando quiere, mi niña puede ser realmente encantadora e incluso divertida, y ayer, rodeada de gente mayor, estaba exultante. Es verdad que, desde que entramos y vio el escenario hasta que empezó la música, estuvo un poco tímida pero, cuando sonaron los primeros acordes de “Superhéroes de barrio” toda la tontería se la pasó y se puso a mover el culo como una loca con una sonrisa de oreja a oreja…

En esa canción sólo paró unos segundos para hacerme un gesto de sorpresa en el párrafo en el que nombra a Dylan pero, cuando varios temas después en la presentación de su versión del “Memphis blues again” volvió a referirse al maestro de Duluth, la duda se adueñó de ella y se me acercó al oído a preguntarme por qué si era Kiko Veneno no dejaba de hablar de Bob Dylan… A partir de ese momento dejó de bailar y se sentó a mi lado. Poco a poco se fue poniendo mimosona así que, cuando al cabo de una hora de concierto me dijo que veíamos una más y nos íbamos a casa, la cogí en brazos y sin dejar acabar la canción y con alguna tímida protesta, iniciamos el retorno (me gustó que a pesar de estar cansada se resistiera a irse y quisiese escuchar una más).

Mientras deshacíamos lo pedaleado hacia casa la niña rockera revivió un poco y empezó a contarme lo que más la había gustado, aunque no ha sido hasta hoy cuando he comprobado que lo decía en serio y no para satisfacerme. Mientras hablaba con su hablaba con su abuela por teléfono me le ha quitado de las manos por que quería contarla que había estado “en un concierto de verdad” y que había sido muy largo por que “como el cantante tiene muchos discos pues canta muchas canciones…”

Hace un rato, cuando la he dejado en la cama, me ha dicho que en lugar de dormir quería que la llevase a un concierto… ¿Y queréis que os diga?, pues que me ha emocionado y que seguro que más pronto que tarde repetiremos la experiencia… Al fin y al cabo un padre tiene que hacer todo lo posible por que sus hijos sean felices… ¿O no?