martes, 20 de diciembre de 2011

El último concierto de The Beatles


En muchos aspectos el Album blanco determinó y condicionó los siguientes pasos que dieron The Beatles en su carrera. Por un lado les había dejado creativamente secos (habían usado prácticamente todas las canciones que tenían) así que, a la hora de ponerse a trabajar en un nuevo disco, les tocó empezar prácticamente de cero. Además las interminables sesiones de grabación a lo largo de meses había hecho que trabajara cada uno sus partes al margen del resto de los miembros del grupo por lo que la unidad y buen rollo de la banda estaba empezando a hacer aguas.

Para su siguiente proyecto artístico decidieron buscar un punto de encuentro a las distintas propuestas que cada uno de ellos puso encima de la mesa. Lo primero que querían era recuperar la espontaneidad de la primera época y se planteo la posibilidad de preparar los temas nuevos en Abbey Road y luego grabarlos en una actuación en directo celebrada en un lugar especial (la primera idea fue en un barco por el Támesis aunque también se barajó un teatro griego, ante las pirámides de Egipto o en un hospital rodeados de niños enfermos). Harrison se opuso frontalmente por lo que al final decidieron encerrarse en los estudios cinematográficos de Twickenham durante varias semanas y registrar tanto en audio como en video todo lo que allí sucediese. Desde el nacimiento de una canción, a su grabación final pasando por el desarrollo, los ensayos, los arreglos...

La grabación de Get back (nombre previsto para el documental que iba a salir de esas sesiones) se inicio el 2 de enero de 1969 con la interpretación de Don't let me down y durante las dos siguientes semanas intentaron sacar adelante el proyecto que tenían en mente. El problema estaba en que ya no eran una unidad y la situación ayudaba poco a mantener la dinámica del grupo. Estaban acostumbrados a trabajar en largas jornadas que se prolongaban hasta la madrugada en los estudios de EMI en Abbey Road, por lo que esta grabación en sesiones de ocho horas, parte por la mañana y la otra por la tarde provocado por el convenio de los cámaras, no favoreció a que el grupo se encontrase a gusto. Además el estudio era frío y poco acogedor, y si bien mientras se les ve tocando todo parece ir de maravilla, cuando se ponen a hablar o a planificar como interpretaran una canción, empezaban a saltar chispas y cualquier tontería acababa en una gran discusión.

Lo cierto es que sólo McCartney parecía interesado en lograr un producto de calidad ante el pasotismo de sus compañeros y en especial de Lennon (siempre acompañado de su sombra). El 10 de enero tras una discusión con Paul, George anunció al resto que abandona el grupo ante lo que un John apático y un poco colocado reaccionó proponiendo traer a Hendrix o Clapton para sustituirlo. Al final la situación se recompuso y continuaron adelante, pero desde ese momento todos fueron conscientes que se habían abierto heridas entre ellos que serian difícil que cicatrizasen, al menos a corto plazo. En total fueron diez jornadas de trabajo en Twickenham y llegó un punto en el que se dieron cuenta que así no podían continuar. La ruptura del grupo estaba siendo captada por las cámaras y la situación empezaba a ser desagradable para todos. El 15 al poco rato de empezar a trabajar y por iniciativa de George, decidieron dejarlo y trasladar la grabación a los estudios de la sede de Apple en el 3 de Savile Row.

Dadas las circunstancias Harrison, que sabia que estaba en Londres como músico de Ray Charles, invitó al poco de retomar las sesiones al pianista Billy Preston (amigo del cuarteto desde 1962 cuando coincidieron en Hamburgo mientras teloneaban a Little Richard y este formaba parte de la banda del rockero americano) que lograría apaciguar las tensiones y que el barco llegara a buen puerto (aunque dio origen a una bronca entre John y Paul sobre la idoneidad o no de incorporarle a la banda como quinto beatle). El pianista tiene el honor de ser el único artista ajeno al grupo (junto a Tony Sheridan en su primerísima época) que reconocen en los créditos en uno de sus discos, concretamente en el single Get back que apareció como The Beatles con Billy Preston.

A la hora de comer del 30 de enero de 1969 John, Paul, George, Ringo y Billy se subieron a la azotea del edificio de Apple para dar el concierto que llevaban semanas ensayando, el primero desde su gira de 1966 por Estados Unidos y a la postre el último de su carrera... En las imágenes que se conservan se puede ver a los músicos bastante abrigados sobre la azotea y rodeados de cámaras, técnicos y personal de Apple que no quería perderse el final de la película. A lo largo de unos 42 minutos este es el repertorio que interpretaron:

1 - Get back (toma - 1)
2 - Get back (toma - 2)
3 - Don't let me down (toma - 1)
4 - I've got a feeling (toma 1)
5 - One after 909
6 - Dig a pony
7 - I've got a feeling (toma - 2)
8 - Don't let me down (toma - 2)
9 - Get back (toma - 3)

Según iban sonando los temas se ve como la gente empieza a asomarse a las ventanas de sus casas, a subir a los tejados aledaños o arremolinarse en la calle bajo el edificio, mirando hacia arriba y preguntándose que pasaba. Las cámaras colocadas estratégicamente en el entorno captan como empieza a aparecer la policía, como entran en la sede de la discográfica y como amablemente piden que se detenga el concierto. Posteriormente el grupo declaró que el cierre ideal de la película habría sido que los detuvieran pero por entonces ya eran demasiado conocidos para que se tomara una medida tan desproporcionada.

La última sesión fue al día siguiente aunque hasta más de un año después, con el grupo ya separado, estas canciones no vieron la luz. Sólo Get back (con Don't let me down de cara B) lo hizo como single en abril de ese año, obligando a cambiar el titulo previsto para el disco por el de Let it be. Antes del fin tuvieron tiempo de grabar una última obra maestra con George Martin (Abbey Road) y de entregar todas las cintas a Phil Spector para que acabase de estropear todo lo grabado en enero de 1969.

En 2003 y bajo el título de Let it be... naked apareció finalmente el disco tal y como había sido concebido inicialmente por la banda con la producción de Martin. En realidad daba un poco igual ya que todos los interesados lo habían oído y disfrutado en alguno de los bootlegs que circulan de esas sesiones y en el que su último concierto ocupa un lugar primordial. Al fin y al cabo fue la última ocasión que tuvo el mundo de ver actuando juntos al grupo más influyente de la historia de la música. Ahí es nada…


Texto publicado en la revista Culturamas

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Esta noche se reanuda la gira española de The Brew


Apenas habían pasado un par de minutos desde el final del concierto y los tres componentes de The Brew ya se encontraban en la puerta de la sala saludando a la gente que salía, haciéndose fotos con todo el que se lo pidiese y firmando entradas y discos. Esto sucedió el pasado sábado en Valladolid pero, por lo que luego me comentaron, es un ritual que repiten noche tras noche ya el show no termina hasta que el último espectador se ha marchado lo más satisfecho posible. Eso, que debería ser lo habitual, a mí me llamó mucho la atención porque por aquí estamos acostumbrados a escuchar las quejas de los músicos en lugar de verlos tomar ejemplo de acciones como esta. Nadie duda que después de dos horas sobre un escenario lo que apetece es descansar un poco y tomarse una cerveza tranquilo, pero con eso se pierde una magnífica ocasión de promoción y de quedar de maravilla ante tu público que al fin y al cabo es el que le da de comer.

Pero The Brew no son sólo una buena gestión de cara al exterior. En lo que realmente importa llama la atención lo buenos instrumentistas que son a pesar de la juventud de dos de sus miembros. Jason Barwick (22) es un soberbio guitarrista que a veces se pasa imitando las posturas clásicas de gente como Townshend, Page o Hendrix, pero ejerce con mucha solvencia y chulería su papel de frontman, mientras que Kurtis Smith (23) tras la batería carga con el peso de dar a sus conciertos ese ritmo incendiario que deja pasmados a los que los ven por primera vez. La tercera pata del proyecto, Tim Smith, es padre de Kustis y además del bajo se encarga de dirigir de una manera bastante coherente y acertada los pasos del grupo.

Hay que decir que tanto su primer disco (The Brew de 2006) como los tres que le han sucedido (The Third Floor, que ahora presentan, lo publicaron en septiembre), sin ser nada del otro mundo se escuchan con agrado y no son más que la excusa perfecta para seguir girando y demostrar sobre las tablas de lo que son capaces. Probablemente sean conscientes de esas limitaciones compositivas (que sobre todo recaen en papa Smith), pero también lo son de cual es su punto fuerte y a fe que saben explotarlo. El formato de trío se ajusta como un guante a esa mezcla de blues-rock que realizan y, aunque por momentos su música nos recuerde a Cream, The Who, Led Zeppelin, la Experience e incluso a los primeros Pink Floyd, han conseguido asimilar todos los ritmos que sonaban en el Reino Unido en la frontera de los sesenta y setenta para luego hacerlos suyos.

En los últimos años se han convertido en fijos de festivales veraniegos de toda Europa, recorrido varias veces el continente y sobre todo se han ganado el respeto de un mundillo a veces tan complicado como este. Esta noche, tras pasar por Pamplona, Logroño y Valladolid y dedicar unos días a la promoción, reanudan su gira española en la sala El Sol de Madrid. Aún quedan nueve ocasiones para poder disfrutar de ellos y cualquier amante de la música en directo no debería perdérselos. Es cierto que sólo garantizan un par de horas de alto voltaje musical pero, tal y como están las cosas, es más de lo que pueden ofrecer la gran mayoría. Las fechas que todavía tienen pendientes son:

• 9 de Noviembre – Madrid (El Sol)
• 10 de Noviembre – Zaragoza (La Casa del Loco)
• 11 de Noviembre – Terrassa (Faktoria d’Arts)
• 12 de Noviembre – Valencia (Durango Club)
• 14 de Noviembre – Santander (Black Bird)
• 16 de Noviembre – Vigo (La Fábrica de Chocolate)
• 17 de Noviembre – Pontevedra (Karma)
• 18 de Noviembre – A Coruña (Le Club)
• 19 de Noviembre – Gijón (Casino - Sala Acapulco)

Texto publicado en la revista Culturamas

viernes, 4 de noviembre de 2011

091, un destino sin cartas en la manga


Existen en la historia de la música de nuestro país pocas (¿ninguna?) formaciones que, con tanto material de calidad entre las manos, haya tenido peor suerte que 091. Como premio de consolación les queda haberse convertido en una banda de culto, idolatrada aún por los que la conocen aunque, por desgracia, absolutamente olvidados por casi todos los demás. Su origen hay que buscarlo en Granada a principios de los años 80 en las escisiones de dos bandas locales, TNT (de la que llegaron José Antonio García y Tacho González) y Al-Dher (José Ignacio Lapido) a los que se une Antonio Arias para completar un cuarteto que empieza a mezclar casi de inmediato el blues con el rock clásico de los 60 aderezado con unos toques punk.

Su debut discográfico se produjo en 1983 con un fantástico single (Fuego en la oficina / Llamadas anónimas) en el que desprendían toda su energía punk pero cuidando los arreglos y el acabado de las canciones. Todo esto no se vio refrendado un año después con un segundo single no tan contundente y su primer LP (Cementerio de automóviles) que, vistos los resultados, tal vez les llegó demasiado pronto. A pesar de tener algunos temas interesantes fracasa por una producción que acaba aniquilando la intensidad del álbum y no refleja (como le pasó a muchísimos grupos de la época) su sonido en directo. Un nuevo single les abre las puertas de una compañía mayor (pasan de DRO, que estaba empezando, a Zafiro) lo que unido a la relación de amistad que entablan con Joe Strummer de The Clash (que se ofrece a producir su siguiente trabajo) hace que piensen que por fin la suerte se va a aliar con ellos.

Más de cien lobos (1986) es para muchos su mejor disco y, aunque yo no acabo de tenerlo tan claro, es cierto que la colección de canciones que contiene es casi insuperable y no tiene desperdicio alguno. A Strummer lo habían conocido en Granada y consiguió definir el estilo del grupo introduciendo arreglos sencillos en una producción que se ajustaba mucho más al rotundo sonido del grupo en directo, lejos de ese toque gotiquillo que arruinó su debut. Era el disco y el momento para dar el gran salto, ya además que sus conciertos empezaban a ser rompedores y los que los conocían caían rendidos a sus pies. Pero la compañía, con su inexplicable política de dejar que otros hagan su trabajo, no mueve un dedo por ellos y sin promoción no consiguen traspasar la frontera del reducido círculo de seguidores que ya tenían. Evidentemente no pasa nada y, aunque es su trabajo más vendido con 15000 copias, Zafiro los da por perdidos.

A pesar de todo no se rinden y responden dos años después con Debajo de las piedras (1988), de nuevo con grandes canciones pero esta vez con una producción más blandita. De ahí extraen el single La torre de la vela que, de haber sonado en las radios comerciales, se habría convertido en un éxito seguro, pero la fortuna les sigue siendo esquiva y el milagro del boca a boca no se produce. Sus letras cada vez son más maduras y profundas lo que empieza a situarlos como un grupo de rock adulto siendo cada vez más apreciados por la crítica y un público musicalmente exigente que no busca hits pegadizos de consumo rápido.

Las relaciones con su discográfica se complican tras negarles la carta de libertad y no comprometerse a trabajar un poco en la promoción, así que vuelven a estar solos ante un destino que ven cada vez más negro. Toda esta situación se refleja en sus nuevos temas (Doce canciones sin piedad de 1989) en los que abandonan la luminosidad y vitalismo de anteriores entregas para volverse más oscuros y pesimistas. No afecta a su calidad, ya que vuelve a situarse muy por encima de lo que se estaba publicando en España en ese momento, pero su hartazgo empieza a ser una realidad que se percibe claramente en las pocas entrevistas que realizan. Suenan más duros, pero la poesía de Lapido empieza a adquirir unos tintes dylanianos que, con el tiempo, llevaría a que se los valorase más por sus letras que por su música.

Existe una grabación de Radio-3 perteneciente a esa gira en la que se puede comprobar lo contundentes que eran sus directos y que, como mínimo, sonaban igual de bien que Loquillo y Trogloditas, para muchos la mejor banda de rock and roll de los 80. La voz de José Antonio García ya suena con ese toque tan reconocible y personal, mientras que Tacho González (batería) y Antonio Arias (bajo) forman una base rítmica perfectamente conjuntada. Demuestran que tienen todo para abandonar el malditismo pero parecen condenados a el. Al final de esa gira Arias los abandona para formar Lagartija Nick por lo que su siguiente disco, El baile de la desesperación (1991), acabará siendo registrado como trío. El título del álbum y de algunos de sus temas son reflejo de la frustración en la que se encuentran sumidos y, aunque en lo musical no les pasa factura, en lo personal cada vez les afecta más.

Tras concluir su contrato con Zafiro, que en esta ocasión pasa de ellos con razón (sabían que iban a irse con otra discográfica), llegan a Polydor que busca un grupo con el que repetir el pelotazo de La Frontera. En 1993 publican Tormentas imaginarias pero los problemas de falta de promoción vuelven a repetirse y las buenas críticas que siguen recibiendo no son suficientes para cubrir sus expectativas (ni las de la discográfica) por lo que deciden intentarlo por última vez con una independiente granadina llamada Big Bang. Con Todo lo que vendrá después (1995) sucede como en el anterior, hay buenas canciones pero se nota que ya van con el piloto automático puesto repitiendo una y otra vez viejas fórmulas.

Se habían cansado de llamar a todas las puertas imaginables y sus cabezas estaban demasiado agotadas para tratar de dar un nuevo salto mortal. La única salida posible era separarse y tratar de buscar cada uno por su cuenta un nuevo camino. La noticia se hizo oficial cuando el 9 de enero de 1996 el diario Ideal de Granada en su sección de cultura titulaba a grandes caracteres: “091 se disolverán tras la gira de invierno”. Atravesaron España por ultima vez durante los meses de febrero, marzo y mayo de ese año visitando Jaén, Córdoba, Jerez, Úbeda (Jaén), Murcia, Albacete, Castellón, Valencia, Barcelona, Lérida, Madrid, Zaragoza, Valladolid (donde un servidor pudo entrevistarlos), León, Santiago y Macarena (Granada), donde bajaron definitivamente el telón tras dos apoteósicos conciertos el 17 y 18 de mayo.

Esas actuaciones fueron registradas y publicadas unos meses después bajo el título de Último concierto y son, además del broche perfecto para su carrera, un testimonio muy preciso de lo que fueron sus directos a lo largo de los más de 15 años que estuvieron juntos. Hoy por hoy esta es la única de sus grabaciones que puede encontrarse sin ningún problema (en la web de José Ignacio Lapido gracias a que fue reeditada con un DVD con motivo del décimo aniversario, pero el resto de su obra lleva años descatalogada. Con mucha suerte se puede encontrar alguno de sus viejos vinilos en alguna tienda de segunda mano (sólo se editaron en CD los tres últimos, un par de recopilatorios un poco cutres y el primero con un par de singles de bonus), pero el afortunado que lo haga deberá prepararse para rascarse los bolsillos porque, a causa de las poquísimas copias que circulan por ahí, su cotización es bastante alta. Por desgracia esta invisibilidad no ha ayudado demasiado a que salgan del baúl de los recuerdos, aunque al menos ha conseguido que lenta pero firmemente su leyenda haya seguido creciendo hasta nuestros días…

Texto publicado en la revista Culturamas

jueves, 20 de octubre de 2011

La Velvet de Nico


Antes de que Andy Warhol se cruzase en su camino la Velvet Underground ya existía. Tocaban a diario en el Café Bizarre de Nueva York y disponían de un repertorio propio que, por contrato, tenían que mezclar con versiones. Un par de años antes, en 1964, Lou Reed trabajaba como compositor a sueldo para la discográfica Pickwick Records y acababa de conseguir que le permitieran interpretar dos de sus composiciones. Para los conciertos de presentación contrataron a varios músicos para que lo acompañaran y uno de ellos era un galés llamado John Cale, con el que enseguida conectó y se puso a trabajar en otros proyectos una vez que se desvinculó de la disquera. Tras varios cambios de nombre y formación (a la que primero se sumó Sterling Morrison y más tarde Maureen Tucker), en noviembre de 1965 se subían por primera vez a un escenario bajo el nombre que, aunque en su momento no les dio la gloria, con el tiempo les ha hecho pasar a la historia.

Cuando a Warhol le recomendaron que se pasara a verlos por el local donde actuaban cada noche, ya había convertido a The Factory en un hervidero artístico y en el punto de referencia cultural y de vanguardia de Nueva York (en oposición a la psicodelia y el rock ácido que reinaban en San Francisco y la música de la costa oeste de Los Angeles que recuperaba y fusionaba el rock and roll clásico con el country y el blues). Andaba montando un espectáculo en el que pretendía integrar sobre un escenario todas las artes de tal manera que se mezclasen la proyección de alguna de sus películas con danza y música en directo, pero no conseguía dar con un grupo que pusiera música a sus ideas. Las dudas con las que se presentó duraron el tiempo que tardaron en empezar a tocar y pudo comprobar que ante sus ojos estaba sucediendo lo que antes sólo había estado en su cabeza.

La banda, por su parte, cada vez llevaba peor tocar en el Bizarre, un tugurio en el que los dueños no les comprendían y al público le importaba un pimiento lo que hacían. En el interés del artista vieron la puerta de salida a su situación y más después de ser despedidos por interpretar menos versiones de las estipuladas en su contrato (los dueños estaban hartos de ellos y vieron en esto la excusa perfecta). Ambas partes estaban condenadas a entenderse pero, antes de que la colaboración cuajara, tuvieron que superar un primer escoyo y éste tenía nombre de mujer.

Nico era una modelo alemana que estaba haciendo sus primeros pinitos como cantante bajo el manto protector del artista. Había grabado un tema que había escrito Bob Dylan para ella, pero necesitaba músicos que la acompañasen. La idea que Warhol planteó al grupo era que necesitaban una belleza física que contrarrestara el tipo de música que hacían y que lo mejor era colocar a una chica realmente hermosa como ella para capitanear tal anarquía sonora. Convencerles no fue fácil aunque al final, ante la oferta de ser su manager, un equipo completamente nuevo y colaborar estrechamente con ellos, decidieron ceder un poco y aceptaron adaptar el tono de algunas canciones para que ella pudiese interpretarlas y añadir su nombre al de la banda. Así nació la Exploding Plastic Inevitable: The Velvet Underground & Nico.

La primera aparición conjunta fue en marzo de 1966 y a penas un mes después entraban en los Scepter Studios de Nueva York para facturar su primer LP (posteriormente, en mayo, aprovechando una visita a Hollywood volvieron a grabar tres de las canciones en los T.T.G. Studios). La grabación se prolongo a lo largo de cuatro noches de las que dedicaron, las dos primeras a la grabación propiamente dicha, una a la escucha de todo el material y la última para la mezcla. El coste ascendió a unos 2000 dólares y fue el mismo grupo el que los pagó de su bolsillo.

Los únicos conflictos que se conocen durante estas sesiones tuvieron, como no, a Nico de protagonista. Para empezar Lou Reed no quería que ella participase ya que su presencia en la banda había venido impuesta y consideraba que se trataba de un disco únicamente de la Velvet y no de la EPI. Nuevamente la intercesión de Warhol, que acabó firmando el disco como productor, solucionó el problema aunque no eliminó la tensión. Un ejemplo es que cuando llegó el momento de cantar I’ll be your mirror (también interpretó Sunday morning, Femme fatale y All tomorrow’s parties) ella quiso hacerlo en un tono distinto al que el grupo deseaba. Evidentemente no cedieron y se la hicieron repetir una y otra vez hasta que se ajustó a lo que ellos querían.

El disco tardó un año en salir a la venta por problemas con la compañía (entre otros que prefirieron promocionar más el Freak out de Zappa) y dedicaron ese tiempo a girar por todo el país, pero los choques con la factoría de Warhol empezaron a surgir y la relación a tensarse más de la cuenta. También colaboraron en la grabación, composición y producción de Chelsea girls (primer disco de Nico en solitario) y ese conflicto de intereses entre la banda y la cantante fue lo que, a la postre, llevo al desencuentro definitivo. En mayo de 1967 propusieron al grupo dos conciertos en una gran sala de Boston pero, cuando informaron a la cantante de las fechas, esta les dijo que para esos días ya tenía comprometidos varios shows y que su carrera era lo primero. Debió cambiar de opinión, ya que la segunda noche se presentó en Boston, pero ya era tarde y no la dejaron subirse al escenario. Se ofendió y se marchó a Nueva York, y nunca más volvió a actuar con The Velvet Underground.

El epílogo de esta relación se produjo en París el 29 de enero de 1972. Al escenario de Le Bataclan se subieron esa noche Lou Reed, John Cale y Nico para interpretar, de forma acústica, seis canciones del álbum que hicieron juntos y algunas de sus respectivas carreras en solitario (aunque Lou aún no había publicado ningún disco). Su música nunca había sonado en directo en la vieja Europa (solo lo haría una vez mas en Londres y luego en la minigira-reunión de 1993), así que se esperaba que la actuación estuviese a la altura de las expectativas creadas. Por lo que se puede escuchar en el disco que se publicó en 2003 con la grabación de ese concierto, lo estuvo y pudieron así poner la guinda a una historia que, si bien quedo interrumpida demasiado pronto, el tiempo ha demostrado que es lo mejor que pudo pasar…

Texto publicado en la revista Culturamas

jueves, 22 de septiembre de 2011

La lenta agonía de la Creedence Clearwater Revival


Un 16 de octubre de 1972 Fantasy Records y los miembros de la Creedence Clearwater Revival anunciaban oficialmente la disolución del grupo. Atrás quedaban siete álbumes (con un increíble 1969 en el que editaron tres) y un puñado de singles en cinco años, cientos de actuaciones en directo a ambos lados del Atlántico y sobre todo una colección de canciones que marcarían un antes y un después en la forma de entender el rock americano para el que crearon un sonido propio fácilmente reconocible y que posteriormente seria imitado hasta la saciedad…

Pero hoy no toca hablar de sus logros si no de sus miserias y estas comenzaron a mediados de 1970 en las sesiones de Cosmo´s Factory. Grabado en los estudios de Wally Heider en San Francisco, las primeras disputas aparecieron por el control absoluto que había tomado John Fogerty, tanto de los asuntos comerciales como de los artísticos en los que ninguneaba sin pudor al resto de sus compañeros. En un primer momento esta situación sólo sacaba de sus casillas a su hermano Tom aunque, tras un par de desplantes, Stu Cook y a Doug Clifford se unieron a sus críticas. En cualquier caso el éxito del disco con el que por fin lograban ser número uno en Estados Unidos y Gran Bretaña, mitigó esos primeros malos rollos y, a pesar de sembrar la desconfianza, la cosa no tuvo mayor consecuencia.

El origen de la banda hay que buscarlo la escuela de secundaria de El Cerrito en California donde compartieron aula John, Doug y Stu (todos habían nacido en 1945), y donde, dados los intereses y gustos comunes, surgió su primer grupo. Se foguearon durante cinco años tocando en todo tipo de locales, siendo esa época escolar en la que empiezan contar para algunas actuaciones en directo y la grabación de las maquetas con el hermano mayor de John que, tras la firma en 1964 de un contrato de edición con Fantasy Records (sello discográfico independiente de San Francisco), se incorporó definitivamente como miembro de pleno derecho. Durante varios años, según las circunstancias y necesidades, fueron cambiando de nombre y de instrumento (finalmente los Fogerty se quedaron con las guitarras, Stu con el bajo y Doug con la batería) hasta que en 1967, gracias a distintas carambolas y la presión de la discográfica a la que no gustaba ninguno de los que iban eligiendo, dieron con el de Creedence Clearwater Revival y se quedaron con el.

Un año después, liberados definitivamente del servicio militar obligatorio, grabaron su primer disco y gracias al éxito de su single Suzie Q comenzaron con una vorágine de conciertos y sesiones de estudio (de las que irían surgiendo singles y discos que publicarían casi sin descanso) que acabaría llevándoles a las inevitables fricciones. Estas, tras manifestarse en el ya mencionado Cosmo´s Factory, explotaron finalmente unos meses después durante la grabación de Pendulum (diciembre de 1970). El resultado de tanta tensión fue la salida definitiva de Tom en febrero de 1971 con la excusa de no soportar el talante poco democrático de John (se dice que la gota que colmó el vaso fue un concierto en Nebraska en el que el menor de los Fogerty se negó a hacer unos bises).

No es extraño que las bandas formadas por hermanos acaben como el rosario de la aurora y parece ser que en esta ocasión fueron las decisiones económicas tomadas por John sin el consentimiento de sus compañeros la causa del desencuentro. Además de firmar un contrato por el que apenas recibían ningún beneficio sobre los derechos de autor de las canciones (y que fundamentalmente le perjudicaba a él mismo), se dejo convencer por su manager para, con el pretexto de obtener beneficios fiscales, hacer unos movimientos del capital del grupo a un banco de Nassau. Esta decisión supuso tras su separación la pérdida de todo ese dinero y el inicio de un largo proceso judicial que se prolongaría durante años. En abril de 1983 una corte de California dio la razón al grupo y ordenó la devolución de 8,6 millones de dólares pero, como suele suceder en estos casos, apenas cobraron una pequeña parte del total.

La marcha de su hermano hizo que John reconsiderase su posición y en la primavera de ese año anunció a Cook y a Clifford que la banda continuaría como trío sin buscar un sustituto al desertor. Además, como gran concesión, aceptaba un reparto paritario en las tareas del grupo con lo que desde ese momento cada uno escribiría y cantaría su propio material. La primera consecuencia fue la publicación del single Sweet hitch-hiker (julio de 1971) que incluía en la cara B un tema de Stu (Door to door) y su incorporaron inmediata al repertorio de la banda en la gira de verano y otoño por Europa y Estados Unidos. En cualquier caso las heridas ya estaban abiertas y esa apertura en el grupo no impidió que la relación entre ellos (en realidad de John con los dos restantes) continuase agrietándose día a día de forma irreversible.

Aún tuvieron tiempo de grabar Mardi Gras (publicado en abril de 1972) con temas compuestos por los tres, pero por primera vez en su carrera las críticas fueron negativas y las ventas bastante pobres, por lo que el asunto del reparto de beneficios hizo que volvieran a saltar chispas. El malestar y la falta de confianza hicieron que los trapos sucios empezaran a lavarse fuera del local de ensayo y que el cruce de declaraciones fuese subiendo de tomo hasta el punto que Stu Cook señaló directamente con el dedo al responsable de todo: “a causa del pobre juicio de John Fogerty, la Creedence tiene el peor contrato discográfico de todos los músicos de éxito americanos”.

A pesar de toda la tensión interna que estaban soportando y el patinazo de su último disco la banda no había perdido su gran tirón y el público ansiaba verlos en directo. La ruptura ya flotaba en el ambiente pero no fue impedimento para que, sin apenas dirigirse la palabra, volvieran a embarcarse en una larga gira de seis meses por su país que, esta vez si, sería la puntilla de su relación. El anuncio definitivo se produjo un otoño de hace ya la friolera de 39 años sin que en todo este tiempo nadie les haya superado en lo suyo y su influencia e importancia haya decrecido lo mas mínimo…

Texto publicado en la revista Culturamas

jueves, 8 de septiembre de 2011

Achtung Baby, la metamorfosis del hombre mosca


Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que a finales de octubre se reedita Achtung Baby con toda la parafernalia habitual (una de las ediciones tiene entre otras cosas 6 CD, 4 DVD, el vinilo y 7 singles) es un buen momento para recordar la primera y más interesante de las metamorfosis que han sufrido U2 a lo largo de las dos últimas décadas. Tras el exitoso The Joshua Tree y el fallido Rattle and Hum, los irlandeses se habían convertido en una de las bandas más famosas del mundo y las expectativas que despertaba cualquier cosa que hiciesen en millones de fans eran enormes. Después de más de una década de actividad, tanto dentro del grupo y su entorno como entre la prensa especializada, existía el convencimiento de que habían empezado a repetirse y necesitaban reinventarse para no quedarse estancados.

La orientación y el giro musical que querían dar en ese nuevo trabajo generó al principio mucha tensión entre los miembros de la banda ya que, mientras unos se decantaban por el continuismo otros optaban por la investigación y el riesgo. La primera decisión que tomaron fue desaparecer y buscar un lugar en el que poder estar tranquilos para concentrarse exclusivamente en el disco. Brian Eno (que junto a Daniel Lanois se encargó de la producción) propuso los estudios de Berlín en los que había grabado junto a David Bowie parte de su famosa trilogía (Low, Heroes y Lodger) y, dado que la capital alemana se encontraba en plena ebullición cultural tras la reunificación y con la intención de empaparse de todo eso, aceptaron encantados sin dudarlo un momento.

En el invierno de 1990 entraron en los estudios Hansa Ton para crear los nuevos temas improvisando en torno a una idea básica que proponía uno de ellos. No tenían nada preparado y a través de jam sessions, tocando juntos, fueron naciendo poco a poco las canciones. Todas las sesiones se grababan y las que resultaban más interesantes se editaban y guardaban en unas “cintas de trabajo” en formato DAT (Digital Audio Tape). Estas cintas permitían a Lanois, Eno y la banda tener un resumen de los posibles temas del nuevo álbum y mostrarlas a gente de su confianza para escuchar sus críticas y sugerencias. Estas sesiones se prolongaron hasta marzo de 1991 que se trasladaron a Dublín para, en los estudios Dog Town, STS y fundamentalmente Windmill Lane, acabar de dar forma al material que traían de Berlín y concluir la grabación del disco.

En de abril de 1991 se anunció que algunas de estas casetes habían sido robadas de la habitación de hotel en la que Bono se alojaba. Inmediatamente Island Records se movió con la intención de recuperar las grabaciones y amenazó con que cualquier intento de publicación sería perseguido judicialmente, aunque todos sus intentos fueron inútiles. En mayo ya estaba en la calle el primer bootleg con esas sesiones y, dada la demanda y el interés por el material que contenía, varios más vieron la luz antes de que, en octubre, Achtung Baby apareciese por fin en las tiendas. De todos los aparecidos el mejor y más completo es un triple CD llamado Salomé que, como curiosidad, contiene las sesiones de grabación de las guitarras de ese tema (apareció como cara B del single Even Better Than the Real Thing). En ellas se pueden oír como, sobre una toma base, se van añadiendo guitarras acústicas, distorsiones, toda clase de ecos… de modo que la canción poco a poco se va enriqueciendo hasta llegar al resultado final que todos conocemos.

Paul McGuinnes (manager del grupo) dijo que los “piratas” estaban engañando a los fans al presentarles un material de inferior calidad al producto final, y si bien para los más puristas puede ser que tuviera razón, yo creo que un valor añadido del disco oficial está, precisamente, en la existencia de estas grabaciones. Es cierto que la música no está tan pulida como en la versión definitiva del álbum, pero el material es fascinante y, además de la gran calidad de sonido, tiene decenas de canciones inéditas, grabaciones alternativas y jam-sessions. Escucharlo es como meterse de lleno en su local de ensayo y ser testigo mudo de la gestación desde la nada una obra de arte.

Personalmente (aunque reconozco que tienen algunas buenas canciones) nunca me ha interesado demasiado lo que han hecho, pero durante esa época devoré de forma compulsiva todo el material de esas sesiones que caía en mis manos. Bono y sus chicos volvieron a intentar repetir la jugada varias veces desde entonces, pero los resultados no volvieron a ser los mismos. Nos quedan al menos esos discos piratas y el puñado de nuevas (o viejas) grabaciones que verán la luz en octubre para seguir buceando en los intestinos de uno de los grandes trabajos de la historia del rock...

Texto publicado en la revista Culturamas

jueves, 14 de julio de 2011

El año que Dire Straits fueron Their Sultanic Majesties


Existió un tiempo en el que en esto de la música las cosas eran diferentes. Los grupos pasaban la mayor parte del día en un local de ensayo, hacían discos cuando tenían canciones, actuaban si salía un concierto y vivían 24 horas al día y 365 días al año por y para su profesión. Por poner unos ejemplos, los Beatles publicaron 12 discos de estudio entre 1962 y 1970, Bob Dylan 7 entre 1962 y 1966, los Stones 10 entre 1964 y 1969, Frank Zappa 14 entre 1966 y 1972… Además todos ellos tienen que añadir a esto un puñado de singles y EP’s con temas inéditos, cientos de conciertos y sobre todo mucho material que se desechó en su momento (a pesar de su calidad) y que con los años ha ido viendo la luz. Evidentemente no son los únicos con discografías tan amplias. Se puede decir que eso era lo habitual. El modelo de negocio en los sesenta y gran parte de los setenta para los artistas que vendían mucho se basaba en el “cuanto más mejor”, por lo que en los contratos normalmente se firmaba que al menos se tenía que publicar un disco por año.

Las nuevas ideas que se instauraron a partir del cambio de década y a lo largo de los ochenta se basaban en que era preferible exprimir la inversión hecha en un álbum sacando el mayor número de singles posibles, haciendo giras planetarias que durasen un par de años y mantuvieran viva la llama del disco y por fin una larga temporada de descanso para generar la necesidad de nuevo material entre los fans. Y así tres o cuatro años después la maquinaria se ponía de nuevo en marcha filtrando primero que el grupo en cuestión empezaba a componer otra vez, más adelante algún detalle de la grabación y unas semanas antes del lanzamiento del álbum se publicaba un single de presentación para que el día del estreno los seguidores más acérrimos estuviesen en la puerta de las tiendas para saciar tanto tiempo de espera…

En muchos aspectos nuestros protagonistas de hoy fueron los salvadores del rock al impulsar (en un momento en el que la juventud británica se encontraba abducida por otro tipo de sonidos) un renacimiento de las guitarras limpias, arreglos cuidados, desarrollos instrumentales y melodía, aunque para su desgracia (o más bien para la nuestra) al final acabaron convirtiéndose en uno de los abanderados de esos cambios que la industria estaba empezando a sufrir y que ha llegado hasta nuestros días.

En plena eclosión punk, en lo más intenso del verano de 1977 y en un Londres tomado por los pelos colores y de punta, nos encontramos a cuatro jóvenes con problemas económicos que acaban de reunir las 160 libras que cuesta grabar una maqueta de cuatro canciones. Se trata de los hermanos Mark y David Knopfler, su compañero de piso John Illsley y un batería amigo de estos llamado Pick Whiters y que es el único que se dedica a ello de forma profesional contratado por un estudio como músico de sesión. Todos en mayor o menor medida habían estado tocando en otros grupos por los pubs del entorno de la capital y, aunque a ninguno logró despuntar, al menos les sirvió para curtirse como músicos y conocer los sinsabores de la profesión. Esa grabación cayó en manos de Charlie Gillet que, sin dudarlo un momento, empezó a pincharla en su programa de Radio London en el que se dedicaba a la actualidad y a las nuevas bandas que iban surgiendo. El tema estrella de esa demo era Sultans of swing y no pasó inadvertida para los cazatalentos de las discográficas ya que menos de cinco meses después los cuatro colegas salían del estudio con su flamante primer disco bajo el brazo.

Titulado con el nombre del grupo, salió a la venta a mediados de 1978 y, sin ser un éxito de ventas en el Reino Unido, si fue aclamado por la crítica lo que animó a la compañía a editarlo poco a poco en el resto del continente, Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda. Durante todo el año no habían parado de actuar a lo largo y ancho del país (incluyendo una gira de 16 conciertos como teloneros de Talking Heads) llegando incluso a llenar cuatro noches consecutivas el mítico Marquee londinense. El periodo estival lo pasan recorriendo Europa y en otoño vuelven a su país para unos bolos antes de volar a las Bahamas donde en noviembre grabarán su segundo disco. Justo en ese momento su álbum de debut estaba empezando a colocarse en los primeros puestos de las listas de ventas en varios países, por lo que el lanzamiento de este nuevo trabajo (previsto para principios del año siguiente) se retrasó unos meses para poder exprimirlo un poco más.

Su primer año completo como grupo había sido un no parar. En pocos meses pasaron de no ser nadie a convertirse la banda más prometedora del Reino Unido lo que hizo (como se puede ver en los piratas de esa época que circulan por ahí) que las exigencias en sus conciertos cambiasen. Al principio sus actuaciones apenas duraban poco más de 45 minutos por lo que con los nueve temas del disco, Eastbound train que apareció como cara-B de single y a veces una versión del Nadine de Chuck Berry tenían suficiente. La cosa cambió cuando empezaron a tocar en recintos más grandes y como cabeza de cartel con lo que el repertorio lo ampliaron con los temas que iban componiendo. Muchos de los temas de su segundo LP fueron estrenados antes de ser grabados mientras que otros no pasaron la prueba del público y fueron descartados (alguno como Twisting by the pool y What’s the matter with you baby? aparecerían posteriormente en un EP y un disco en directo grabado para la BBC, pero otros como Move it away, Real girl, Bernadette o In my car permanecen inéditos).

El año 1979 lo inauguran, como no, actuando por Alemania y Holanda, y en marzo inician una maratoniana gira por Estados Unidos en la que en poco más de un mes darán 51 conciertos. Uno de los asistentes al show de Los Angeles es Bob Dylan que, encantado con el disco y por como sonaban en directo, decide invitar a la grabación de su nuevo trabajo a Mark y Pick. Las sesiones de Slow train coming tienen lugar a principios de mayo y el peculiar sonido de la guitarra de Knopfler impregna todos sus surcos. Aunque no he encontrado declaraciones al respecto, Dylan debió quedar satisfecho con el resultado ya que varios años después volvió a recurrir al guitarrista para que encargara de la producción de Infidels. Finalmente, el 21 de ese mismo mes, aparece Comunique, que seria el espaldarazo definitivo a su carrera y en mi opinión el más interesante que publicaron.

Con dos discos en el mercado la fama del grupo no deja de crecer. Vuelven a girar por América en septiembre, en otoño por Europa y concluyen el año con varias fechas en Londres. Fueron numero uno en varios países y los cientos de conciertos por todo el mundo en apenas dos años y el arduo trabajo de promoción por televisiones y radios estaban empezando a dar sus frutos. Decidieron parar unos meses, pero después de esa pausa nada volvió a ser lo mismo. En el horizonte estaba el éxito, las ventas multitudinarias, giras mastodónticas y el reconocimiento masivo, pero también todos los vicios del negocio que, aunque no les impidieron grabar algunos buenos discos, consiguió que su propia grandeza enterrase lo que representaban los sultanes del swing. Eran otros tiempos, tiempos en los que en esto de la música la cosas eran diferentes, tiempos en los que lograron ser Their sultanic majesties.

Texto publicado en la revista Culturamas