miércoles, 13 de mayo de 2009

Antonio, en lo mejor de nuestras vidas...

Con su cuerpo aún en la sede de la SGAE (pobrecito mío tener que pasar allí sus últimas horas) y la moral bastante baja, no estoy todavía preparado para hablar de Antonio en términos distintos a lo que la emotividad y los sentimientos dictan. Repetían ayer en el homenaje que durante todo el día le hicieron en Radio3 que lo que había que hacer es celebrar su legado, y si bien es cierto que esa seria la actitud ideal, yo no estoy todavía preparado para verlo en esos términos. En cualquier caso a partir de mañana con la canción de los jueves y durante unos días iré recordando su carrera y su obra, recogiendo alguna anécdota y sus grandes momentos, pero hoy me voy a permitir el lujo de exorcizar mis penas y recordar el camino que he recorrido junto a Antonio hasta hoy...

Aunque a posteriori descubrí que conocía otras canciones del grupo, con conciencia real de lo que oía, la primera vez que escuché a Nacha Pop fue en 1984 con la aparición de “Una décima de segundo”. Yo andaba a esas alturas todavía picoteando de aquí y allá pero esa canción me abrió una senda que desde entonces no abandoné. Busqué los discos anteriores y con los años me hice con los que iban saliendo, y si hasta el maxi las canciones de ambos primos me gustaban casi a la par (aunque la gran mayoría eran de Antonio), desde “Dibujos animados” las de Nacho dejaron de llamarme la atención (con excepciones, claro) mientras que las de Antonio me empezaron a parecer auténticas obras de arte cargadas de emoción y con unas letras desconcertantemente poéticas. Algunos de sus temas como “Desordenada habitación”, “Con tal de regresar”, “Lo que tu y yo sabemos”, “Cada uno su razón” o “Lucha de gigantes” fueron parte de la banda sonora de mi adolescencia cosa que me lleva, parafraseando al protagonista de “Alta fidelidad”, a preguntarme si en aquellos años era así porque escuchaba a los Nacha o escuchaba a los Nacha Pop por que era así.

Lo peor llegó en COU cuando anunciaron su separación y grabaron el doble directo. Recuerdo perfectamente escuchar por primera vez la versión del concierto paseando por la Gran Vía con los walkman y me dio un vuelco el corazón. Los reyes me trajeron el disco y, a pesar de que en aquel momento ya andaba yo en sonidos más duros, no dejé de escucharlo durante semanas. Este es un trabajo muy criticado, pero a mi me encanta ya que, por un lado recuperó temas como “Relojes en la oscuridad” con un sonido más guitarrero y sin los teclados del original que para mi gusto la estropeaban, y por otro por que recoge su repertorio con una gran fuerza y contundencia, aunque fuera a costa de llenar el escenario de músicos al estilo E Street Band (dos baterías, dos bajistas, el saxo, el teclado, tres guitarras, las coristas...).

Un nuevo mundo se abría bajo mis pies, la universidad, y conmigo viajaron los Nacha primero, y a partir del verano de 1991 también Antonio. El debut de Rico fue tan lamentable (para mi gusto) que a poco bien que lo hiciese se metería en el bolsillo a la masa de fieles que ya le veneraban (que no eran tantos ya que su disco más vendido fue el directo y solo logro un pelado disco de oro, para que ahora se quejen otros de que se venden pocos discos). Y es que en aquellos años, ahora que todos dicen que seguían al grupo desde siempre, éramos poquitos los que decíamos sin cortapisas que nos gustaban ya que en los últimos coletazos de la nueva ola (y Mecano, El Ultimo de la Fila, Hombres G o Duncan Dhu venciendo cientos de miles de discos) y el surgimiento del indie, decir que te gustaba Nacha Pop era visto por unos y otros como una excentricidad.

Pero “No me iré mañana” fue algo más que un primer disco de un artista venido de un grupo con pedigrí pero sin ventas. Personalmente creo que es el mejor disco de la década, aunque hay otros tres o cuatro que le discutirían el puesto, pero es que el tío regaló una colección de canciones impecables en todos los sentidos, que cada vez que escucho (que es varias veces al año) me devuelve al verano de 1991 y se me aparece mi imagen sentado contra la pared de la casa de enfrente mirando las estrellas y escuchando durante horas la cinta... No se llenó la sala de Madrid donde le vi a finales de ese año y el disco se vendió poco, pero el seguía escribiendo a sangre y fuego mi historia emocional a base de canciones que me dejaban roto.

Con “El sitio de mi recreo” de repente el reconocimiento hacia su persona se disparó. Todo el mundo se enamoró de ella y, aunque fuera una maqueta, se llevó premios tan importante en aquella época (ahora hay premios a patadas, pero antes los pocos que había daban prestigio) como el de mejor canción para Radio3 y el ondas (cuando no eran el cachondeo que son ahora). La salida de “Océano de sol” me pilló estancado en la carrera en todos los sentidos, y ese 1994 es el año los primeros discos firmados, la mayor tormenta que he vivido en un coche mientras volvía de Palencia en compañía de mi hermano lobo después de un concierto de Antonio (esa noche pensé que me iba a matar) y de kilómetros y kilómetros a mis espaldas por carreteras comarcales con él sonando por los altavoces del coche...

Luego llegó el puto CD y, aunque me hice con la edición especial de “Anatomía de una ola” (venia en una cajita de cartón y un texto autobiográfico y manuscrito de Antonio), nada volvió a ser lo mismo (por que quizá yo tampoco lo era). Creo que es el disco suyo que menos me gusta y eso que escuchándolo ahora ha ganado muchos enteros y puede que realmente en ese momento el problema fuera yo. Ese año fue la primera vez que lleve a mi chica (y madre de mis hijas a la que un par de años antes el primer regalo que la había hecho era una cinta recopilatoria suya) a uno de sus conciertos, pero también cuando descubrí que ya no estaba hecho para los grandes espacios (se llenó un pabellón en un concierto gratuito y creo que ha sido el peor que le he visto).

Como diría Salander, 2001 el año de “todo lo malo”, lo fue también el de “De un lugar perdido” y el “Básico” (conseguí una copia pirata y pude disfrutarlo con un año de antelación) que, junto al “Ultrasónica” de Piratas y “Salitre 48” de Quique, fueron el bálsamo en el bañe mis heridas. Desde entonces le he visto en concierto bastantes veces y unas cuantas se me ha escapado, pero él siempre estaba ahí para despertar todo tipo de emociones y generar a su alrededor la magia que desprendía cada vez que se subía a un escenario.

Nos dejo su último disco hace cuatro años y, aunque todo lo que aparezca a partir de ahora (el directo que estaba grabando, maquetas, algún DVD...) será obra menor, seguro que aún me deparará grandes momentos y más recuerdos que añadir a ese camino que iniciamos juntos hace 25 largos años y que espero, deseo y sé que todavía serán muchos más...

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