martes, 7 de octubre de 2008

Y Juliá se cruzó en mi camino

Los que hemos hecho de la búsqueda del disco o la canción definitiva nuestra pasión, tendemos a ser categóricos y rotundos al referirnos al momento y al hecho que cambio nuestra vida. Para algunos fue en un concierto épico (el típico es el de los Stones en el Calderón), otros hablan del día que escucharon tal o cual disco, otros de la aparición en televisión de un artista concreto o un videoclip, y los que menos (entre los que yo me incluyo) reunimos tantas caídas del caballo al estilo San Pablo, que lo más fácil es no tomarnos en serio cuando empezamos a decir eso de: "mi vida no volvió a ser la misma desde que...". Pero que le vamos a hacer, es como el amor y las mujeres. Unos se enamoran a la primera y para toda la vida, y otros lo hacen al ritmo de los cambios hormonales y vitales.

Pero en este caso es cierto que mi vida no volvió a ser la misma desde que Ignacio Juliá se cruzó en mi camino. Desde que tengo uso de razón recuerdo un plato en mi casa. Primero fue uno portátil del que los altavoces eran la tapa y en el que veía a mis padres pinchar sus singles y LP's de los 60's y que, a partir de los ocho o nueve años, empecé a poner yo. "Aplauso", "La bola de cristal", "La edad de oro" y el equipo de música nuevo los recuerdo todos dentro de la misma cazuela, aunque seguramente cubran más años de los que pueda imaginar. Ya tenia claro que lo mío era el rock, o el pop, o las dos cosas o ninguna, pero me tiraba horas delante del radio casete intentando grabar esa canción de la que me había enamorado y que creía que era la definitiva...

El bachillerato me trajo el tragarme todo lo que caía en mis manos (desde rock progresivo al sinfónico, desde el punk más salvaje a las melodías de la new wave, desde Nacha Pop o Mamá a Poch...) y sobre todo, a un Sabina recién nacido, que me llevó al que creía mi destino definitivo, Mr Robert Allen Zimmerman. Seguí buscando la canción con mayúsculas en otros puertos, pero creía que solo en el podría encontrarla. En ese punto mi vida había cambiado tantas veces que casi ni recordaba la cantidad de artistas a los que había amado...

Y en esto que con veinte añitos y por azar (mis grandes momentos musicales siempre han estado tocados por la varita mágica de la casualidad), en la sección de novedades de biblioteca pública a la que suelo acudir aparece un libro de letras de Neil Young traducido por Alberto Manzano y prologado por un tal Ignacio Juliá (Editorial Fundamentos; Colección Espiral - Madrid, 1990). Abrí el libro por la primera pagina y simplemente con leer título del prólogo "Neil Young: pólvora en los dedos, azufre en el alma" entendí que era eso del amor a primera vista, y supe que esta vez si que era la definitiva.

Empezaba diciendo que había un disco que no podía dejar de escuchar, y que a cada escucha, le fascinaba un poco más. Lo leí y releí hasta aprendérmelo de memoria, y la forma que tenia de expresar las emociones que le provocaba el disco, me hizo entender que ahí estaba el verdadero secreto de la canción perfecta, en la emoción. Me fui directo a la tienda y me compré el "Ragged glory" y ni que decir tiene que quedé enganchadísimo a ese amor recién descubierto...

Después de esto empecé a investigarle y es evidente que equivoqué mis disparos. Si "Trans" y "Landing on water" estaban tan baratos era por algo, y todo mi enamoramiento habría terminado en otra reconversión si no llega a ser por otra aparición en escena del protagonista de hoy. Habían pasado un par de años de encuentros y desencuentros con el tío Neil y no sabia con que carta quedarme. Si un amigo me grababa una cinta que me fascinaba, al poco conseguía algo que me dejaba frío (cuando no me horrorizaba) y estas me encontraba cuando apareció un libro (el libro) que cambiaría definitivamente mi vida: "Neil Young en el ojo del huracán" (Ediciones Guía de música; Colección La Encrucijada - Madrid 1993)

A pesar del aparente desorden con el que estaba estructurado, consiguió ordenar y darle sentido a todo lo que había estado escuchando los últimos años. Logró poner luz entre todas las sombras y me mostró el camino para disfrutar de todas sus etapas en función de mi estado anímico de cada momento. Ignacio tiene un estilo de contar las cosas que me encanta y engancha por igual. Consigue hacerte partícipe de lo que está contando y te contagia ese algo que te hace desear lanzarte a investigar a un artista. Desde ese momento no he dejado de seguir a ninguno de los dos. A uno por las emociones que sigue despertando en mi cada vez que escucho su voz y su guitarra, al otro por que desde el "Ruta 66" o sus libros (como el que ilustra esta página y que recomiendo fervientemente) me hace mantener la esperanza en que la canción perfecta está esperándome aún en algún sitio

No hay comentarios: